República Dominicana es uno de los destinos favoritos para el turismo sexual. Sobre dicho tema sabe mucho Nelsy Ortega, madre, camarera y prostituta.
Esta dominicana de 30 años nació en Higuey, población situada a escasos kilómetros de Punta Cana. Desde pequeña pequeña aprendió que si quería ser alguien en la vida debería trabajar mucho: “Jugaba e iba al colegio pero con seis años ya me puse a servir y limpiar. En casa éramos siete hermanos y yo tenía que ayudar”. Al hablar del pasado esta mujer de aspecto frágil y facciones aniñadas pierde su vista en el horizonte: “Cuando miro atrás me doy cuenta de que quisiera cambiar de vida, pero a veces las circumstancias te llevan a esto”.
Nelsy es madre de cinco niñas: “La mayor ha cumplido catorze y por supuesto quiero que siga estudiando. No quiero que acabe en mi situación. Yo por desgracia no tengo un hombre que me apoye y eso hace todavía más difícil la educación de mis hijas. Tengo que trabajar más para conseguir más dinero. Sin embargo no me quejo, hay mujeres que están peor que yo. Hay compañeras mías con seis y siete hijos y que, como yo, están solas”.
La necesidad de conseguir dinero llevó a Nelsy a trabajar como asistenta en diferentes hogares dominicanos hasta hace escasamente dos años. Fue entonces cuando se enteró de que en un local próximo a su casa pagaban mejor y entró a trabajar en el club: “ Yo al principio no quería hacerlo. Las vecinas murmuraban sobre mi y sobre mi profesión y por eso no quería empeorar la situación. De hecho en un principio sólo servía a los clientes y no trabajaba por la noche”. Al recordar la primera vez que transgredió esa norma que se autoimpuso, la melancolia vuelve a abrazarla y esta vez es tal la congoja que a duras penas brotan las palabras: “La verdad es que fue muy duro pero, si te soy sincera, no me importaba nada. Lo que verdaderametne me preocupa es que yo lo paso mal y que mis hijas también lo están pasando”.
Al sufrimiento personal hay que añadirle la coacción con que muchas de estas mujeres trabajan, ya que el mercado de la prostitución en República Dominicana está controlado por mafias: “ aquí los proxenetas no nos pagan, sólo nos dan comida y ducha”. Nelsy afirma que vive de las propinas: “ al club van muchos dominicanos pero yo y mis compañeras preferimos a los extranjeros porque dejan más dinero, son mejores”.
Además de la presión a la que son sometidas, las prostitutas dominicanas se enfretan a otro reto: el VIH. Según el Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/Sida el número de infectados por esta enfermedad en República Dominicana a finales de 2003 ascendía a 88.000, es decir, el 0,98% total de la población, convirtiéndolo así en uno de los países del Caribe con el índice más elevado. “Yo tengo mis pruebas al día, debo hacerme controles periódicos pero sí, se comenta que hay gente que lo tiene y que continuan trabajando. Aquí no es frecuente usar preservativo pero yo sí que lo uso, creo que esta mentalidad va cambiando poco a poco”.
Nelsy se define como una mujer dañada: “Esta profesión te marca y te hace daño, y más en este país, que es muy crítico. Me siento mal, a veces lloro, hablo conmgio misma y veo que la suerte me ha tratado mal”.
La República Dominicana representa para esta mujer una cárcel de la que todavía puede escapar: “Si vienera un hombre y me ofreciera algo fuera de aquí me iría sin dudarlo, aunque no pudiera ver más a mis hijas. Seguramente si saliera del país todo sería mejor. Tendría un buen trabajo y podría comprar una parcelaa mi madre y a mis hijas para que vivieran bien. Mi vida no me ha permitido viajar pero quiero conocer España y Estados Unidos. Me han dicho que son paises muy bonitos, donde hay posibilidad de ganarse bien la vida y donde la gente es más libre”.
Perfil elaborado durante mi viaje con Tahina-Can a República Dominicana
